Altruismo, prisioneros y sonrisas

Vamos a ver como la ciencia puede demostrar  que en realidad (y en general) es mejor cooperar que buscar el beneficio individual. No creáis que ha sido tan sencillo demostrar de una manera científica lo que podemos intuir si nos fijamos bien en las cosas que nos rodean. Primero hubo gente que, revisando los trabajos hechos en muchas áreas distintas, se dieron cuenta de que los seres vivos siguen ciertos patrones en sus interacciones los unos con los otros, tanto con seres de su misma especie como con seres de otras especies. Estos señores sugirieron que la evolución debía seleccionar aquellas estrategias de interacción que buscasen el beneficio máximo para cada individuo, pero puntualizaron que, muchas veces, el beneficio de un individuo pasa por el beneficio del conjunto de individuos. Podemos pensar en un partido de fútbol: es difícil que el portero marque un gol, pero si consigue que no le metan ninguno estará beneficiando al equipo y, por tanto, a él mismo también. Así, en la naturaleza se producen muchas situaciones en las que cuando alguien busca un beneficio para sí, está beneficiando también a los demás, por ejemplo cuando un pájaro limpia los dientes de un cocodrilo. ¿No te has planteado nunca por qué el cocodrilo no se come al pájaro?

· El dilema del Prisionero


Pero dejemos la biología teórica y a los cocodrilos a un lado y vayamos a cosas más concretas. Vamos a hablar del Dilema del Prisionero. El dilema del prisionero se usa como ejemplo del clásico conflicto entre los intereses individuales y los colectivos de quienes toman decisiones, y también para justificar los beneficios de la colaboración.

La enunciación clásica del dilema del prisionero es:


“La policía arresta a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos, y tras haberlos separado, los visita a cada uno y les ofrece el mismo trato. Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos permanecen callados, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante seis meses por un cargo menor (no hay forma de saber quien es el culpable). Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años.”

Este dilema nos plantea un interesante problema: ¿qué conviene más, ser egoísta o altruista? ¿Cooperar y esperar un beneficio mútuo o competir y buscar el beneficio individual? Y nuestro compañero ¿será egoísta o altruista? Si confías en que tu compañero es altruista, si tú decides ser egoísta, ganarás la libertad y él pagará toda la pena. Es decir, te estarás aprovechando de él. Sin embargo, si ambos pensáis así, ambos saldréis perdiendo. Y al revés, si ambos sois altruistas, ganaréis menos que si uno traiciona al otro, pero más que si ambos confesáis. ¡Es todo un dilema! En cualquier caso, tu condena depende también de la decisión de tu compañero, decisión que tú no conoces. ¿Puedes confiar en que querrá cooperar contigo y por tanto no confesará o puedes confiar en que seguro que te traiciona y que por tanto confiesa esperando que tú no lo hagas y es mejor que traiciones para no cargar con toda la culpa?

Pues bien, aunque no lo parezca, este pequeño dilema es el punto de partida de los modelos teóricos de cooperación, que concluyen que, a la larga, es más rentable para ambos (como grupo) cooperar. El secreto está en ese “a la larga”, os cuento porqué.

En principio, si sólo jugasen una vez al dilema del prisionero, no podríamos saber qué actitud es la mejor, excepto por los resultados inmediatos. Sólo sabemos que el que ambos confiesen (se traicionen) es peor que el que ambos se callen (cooperen). Si ambos cooperan, el tiempo total de condena (el castigo del grupo) será un año, pero en el caso de que alguno o los dos traicione la condena total será 10 o 12 años, mucho peor. Sin embargo, a nivel individual el castigo puede ser 0, 6 o 10 años… ¿qué pesa más, el beneficio del grupo o el beneficio del individuo? Como decíamos antes, un pequeño sacrificio para el individuo puede ser un gran beneficio para el grupo. Pero sólo podemos saber cuál es la mejor estrategia general cuando repetimos un montón de veces seguidas el juego (es lo que se llama el dilema del prisionero iterado). En general, estamos hablando de situaciones en las que pasa lo siguiente:

Jugador 1 coopera

Jugador 1 traiciona

Jugador 2 coopera

ganancia 1/ganancia 2

ganancia sustancial 1/pérdida sustancial 2

Jugador 2 traiciona

Pérdida sustancial 1/ganancia sustancial 2

Pérdida 1/pérdida 2

Es decir, ser traidor proporciona unas ganancias sustanciales sólo si el otro coopera, pero cooperar ambos siempre ofrece una ganancia, aunque no sea tan grande. Son situaciones muy comunes en el mundo real. Por ejemplo, cuando dos ciclistas se encuentran lejos del pelotón. En esas circustancias, el que va delante hace mayor esfuerzo, ya que corta el viento al que va detrás. Si los dos se turnan para ir delante, podrán mantenerse alejados del pelotón seguro, pero será difícil saber quién va a ganar. Si los dos deciden no cooperar, el pelotón los alcanzará a ambos. Pero si uno traiciona al otro, y deja que cargue durante toda la carrera con el peso de ir delante, cuando lleguen a la meta seguramente se imponga en el sprint por estar más descansado. Cada corredor tomará una decisión para esa carrera… ¿pero que pasará en la siguiente carrera? ¿Volverás a cooperar con alguien que te engañó? ¿Lo traicionaras desde el principio, aún a riesgo de que te coja el pelotón? ¿O harás lo que ibas a hacer de todas maneras, idependientemente de lo que el otro haga en esta o en las anteriores carreras?

También lo podemos ver en forma de comercio. Si tú eres comerciante y timas a alguien que viene a comprar, ganarás más en ese momento, pero te arriesgas a perder un cliente fiel, que significa mayor beneficio a largo plazo.  Si el comprador se larga sin pagar, ganará en ese momento, pero nunca más podrá volver a comprar en tu tienda. Lo mejor para ambos, si ambos pensáis en seguir interaccionando, es que ni times ni te vayas sin pagar, es decir, que ambos cooperéis. De esa forma el tendero gana un cliente fijo y el comprador gana un tendero que le da un buen precio.

Un último ejemplo estaría en la amabilidad y las sonrisas. Los seres humanos, entre los múltiples mecanismos que tenemos para interaccionar con otros seres humanos, estamos preparados para responder con una sonrisa cuando alguien nos sonríe. Por eso, si intentamos sonreir a las personas con las que tratamos a lo largo del día, lo más probable es que nos respondan con otra sonrisa, lo cual a su vez potenciará que nosotros sonriamos, de manera que la amabilidad se extiende rápidamente. Por supuesto, si nosotros sonreímos y a cambio obtenemos un gruñido, lo más probable es que lo siguiente que cruce nuestros labios sea un gruñido. Pero podríamos responder también a ese gruñido con una sonrisa, con la esperanza de que la actitud del otro cambie. De aquí el viejo adagio de “dos no pelean si uno no quiere”.

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