El cerebro adicto

La adicción a sustancias de abuso es una constante de las problemáticas sociales desde hace cientos de años. Puede que los estereotipos y los prejuicios nos hayan cegado durante mucho tiempo respecto a la naturaleza de este problema, impidiendo que nos centráramos en su origen: nuestro cerebro.

Hagamos un experimento: mire a este punto • y piense usted, durante unos segundos, en la imagen de una persona tremendamente adicta a las drogas. ¿Ya? Veamos… ¿ha pensado usted en una mujer de traje que, tras acabar de comer en un restaurante de lujo, se enciende un cigarrillo? ¿no? Qué raro, porque uno de cada tres españoles mayores de 16 años fuma a diario. Cabría pensar que, siendo el tabaco un producto de reconocidas capacidades nocivas, nadie en su sano juicio se sometería varias veces al día a su influencia… pero en el año 2000 se consumieron en nuestro país cerca de 2500 cigarrillos ¡por persona! ¿Cómo puede darse tamaña contradicción? ¿Además de unos viciosos los fumadores son todos idiotas? Estadísticamente no es probable, pero hay una explicación bastante más plausible: los adictos son enfermos y la adicción es una enfermedad.

Para ser más exactos, el consenso científico a día de hoy es que la adicción es una enfermedad del sistema nervioso central que se expresa en un comportamiento compulsivo que, muchas veces, deteriora la salud del adicto. La mala noticia es que ya no podemos desprendernos del problema alegando que los adictos son unos viciosos y que pueden elegir entre serlo o no. La buena noticia es que tal vez tenga una cura. Y esto es importante: nuestro cerebro es el sustrato de nuestro comportamiento, y la suma de comportamientos individuales es lo que da lugar al fenómeno llamado sociedad. El consumo y la adicción a las drogas alteran el comportamiento de los individuos y esto tiene, en muchos frentes, consecuencias nocivas para la sociedad. Por tanto, comprender la neurobiología de las adicciones a nivel individual es clave para solucionar el sinfín de problemas que ocasionan las drogas en el conjunto de individuos.

Revisemos el proceso de adicción a las drogas. En primer lugar… ¿qué lleva a una persona a consumirlas? Se puede resumir en dos puntos: para sentirse bien o para sentirse mejor. Mucha gente las consume para tener nuevas y satisfactorias experiencias y para compartirlas con otra gente; muchas otras personas las consumen para aliviar la ansiedad, la depresión, los miedos o las preocupaciones o, simplemente, para calmar el “mono”. Es decir, las drogas se consumen porque nos gustan los efectos que tienen sobre nuestro cerebro.

Esto es importante: ¿cómo causan las drogas efectos sobre nuestro cerebro? En general podemos decir que son sustancias con una propiedad muy especial en común: la capacidad de interactuar con la bioquímica de nuestro sistema nervioso central causando efectos agradables. Se podría decir que hacen cortocircuito en los circuitos cerebrales del placer, generando sensaciones y sentimientos de euforia, relajación, bienestar o incluso amor… que no están asociados a otro comportamiento o estímulo que el propio consumo y el entorno en que se produce. Ya tenemos la primera fase; el inicio de la adicción, que tiene su pilar maestro en el placer que nos causa como humanos el consumo de drogas y que se manifiesta en un comportamiento aprendido y repetitivo. Lo realmente calamitoso, la clave a todo este asunto, es que el placer no está ahí de casualidad, sino que es la manera que tiene nuestro cuerpo de decirnos que algo nos hace bien. Es el llamado sistema de recompensa: repetimos lo que nos da placer porque es bueno para nuestra supervivencia. Por ejemplo, sentimos placer al comer, al dormir bien, al tomar el sol y al estar con nuestras personas queridas. Por tanto, los circuitos cerebrales del placer están íntimamente imbricados con los de las emociones, la motivación y la actividad motora, con los controles de nuestra homeostasis y con la memoria. El sistema de recompensa implica numerosas áreas y vías cerebrales; cada droga puede actuar en una o varias de las etapas del proceso, aunque la mayoría de ellas tienen en común que inundan el cerebro de dopamina, el neurtransmisor central en el mecanismo de placer-recompensa.

La memoria es especialmente importante para la segunda fase: la consolidación de la adicción. Al principio, el consumo de drogas es un acto voluntario y placentero. Sin embargo, nuestro cerebro va memorizando el camino al placer: las sustancias, el modo de obtenerlas y todo lo que rodea a su consumo. Todos estos recuerdos tejen una trampa mortífera, ya que están asociadas a un placer directo y con un origen muy concreto. ¿Recuerdan al perro de Paulov? A partir de cierto punto (que puede ser tan temprano como el primer consumo) la sola mención de la sustancia o la exposición a las “pistas” que la rodean (objetos, personas, lugares) pone en marcha la maquinaria del deseo En una tomografía PET se puede ver cómo la amígdala de los adictos a la cocaína se pone a cien sólo con ver un vídeo de gente consumiendo. Es más: sujetos expuestos a imágenes subliminales tienen la misma reacción, aunque en el límite de la consciencia. La amígdala grita, y el resto de nuestro ser se pone a sus órdenes: es el ansia. Y este ansia es muy difícil, si no imposible, de controlar. Además existe la llamada tolerancia: a más consumo, mayor cantidad de sustancia se necesita para producir el mismo efecto, creando una espiral sin fin.

La adicción ha llegado para quedarse: altera de forma duradera la estructura del cerebro y por tanto su función. El cerebro de los adictos es estructuralmente distinto al de los no adictos. Los procesos motivacionales se convierten en títeres del consumo: hay serias dificultades para controlarlo y se prioriza sobre otras muchas cosas, a veces sobre todas las demás facetas de la vida. Y se recae fácilmente tras una abstinencia. El síndrome de abstinencia es la demostración de fuerza del ansia: desde un ligero malestar, pasando por cambios en el carácter hasta llegar a un verdadero infierno físico y psicológico.

Así llegamos a la siguiente fase, las consecuencias de la adicción. El consumo de drogas pasa diversos tipos de factura, y pocos se libran de pagar alguna si no logran atajar su comportamiento compulsivo. El sistema de recompensa está “pirateado” y el sujeto seguirá adelante con su comportamiento a pesar de las consecuencias físicas, psicológicas y sociales que tenga (ver recuadro).

Pero no todo está perdido. La última fase de la enfermedad de la adicción podría ser su fin, y con éste el fin de las calamidades que comporta. Cada día es mayor el conocimiento que se tiene de estos procesos. El hecho de que los circuitos de la adicción tengan tantas conexiones también significa que hay más dianas potenciales para posibles tratamientos. Se puede intentar reducir la “recompensa” que nos dan las drogas. Por ejemplo, se investiga la eficacia de la naltrexona para dejar el alcohol o la posibilidad de desarrollar vacunas contra la cocaína (generando anticuerpos que la impidan llegar al cerebro). También se puede interrumpir el ciclo de memoria y refuerzo; en esta línea trabaja el equipo del profesor Barry Everitt en la Universidad de Cambridge (UK). Experimentando en ratas, localizaron una proteína en la amígdala (llamada Zif268) esencial en la reconsolidación de los recuerdos asociados al miedo, por ejemplo una luz roja que se enciende a la vez que se les aplica una descarga eléctrica. Después descubrieron que la inactivación de esta proteína (mediante la inyección de otra proteína que anula su acción) impedía que las ratas consolidaran ese recuerdo: la luz roja ya no las paralizaba esperando la descarga. Y después de eso, descubrieron que sucedía lo mismo para los recuerdos asociados al consumo de drogas. Es decir: el bloqueo de zif268 podría se una vía terapéutica para tratar la adicción, especialmente en las primeras fases de consolidación y en la recaída. Aún queda mucho por entender, desde el peso de la memoria en la enfermedad hasta los mecanismos neurobioquímicos subyacentes, pero es una promesa de futuro.

Pero las intervenciones no son únicamente farmacológicas. Está comprobado que el refuerzo motivacional aumenta mucho las posibilidades de recuperación: puede que recompensar a los adictos por dejar de consumir suene estúpido, pero a la larga podría ser mucho más barato que tratar una adicción crónica o las consecuencias de la misma. Incluso un breve refuerzo, como alabar los esfuerzos o un seguimiento a distancia mediante un programa de ordenador, han demostrado tener impacto en la recuperación. La terapia familiar, el apoyo social… todo cuenta. Lo importante es darse cuenta de que la adicción es una enfermedad nerviosa y no moral, y que por tanto puede tener un tratamiento y una recuperación; encontrar este tratamiento es beneficioso para la sociedad en su conjunto. Una última pregunta: ¿negarían el tratamiento a un diabético o las posibilidades de investigar dicho tratamiento por el hecho de que los diabéticos podrían haber controlado mejor sus hábitos alimenticios? Ahora sustituyan diabetes por adicción.

Consecuencias de la adicción

La adicción a las drogas de abuso arrastra una gran carga de consecuencias negativas. Muchas veces tienen que ver con la vía de administración, como el cáncer de pulmón en los fumadores, el deterioro del tabique nasal en los esnifadores o el contagio de SIDA en aquellos que comparten la vía intravenosa. Otras veces tienen que ver con los comportamientos causados, como los embarazos no deseados o los accidentes de automóvil bajo los efectos del alcohol. Y, por supuesto, tiene que ver con los propios efectos de las drogas, como el debilitamiento de la memoria causado por el cannabis o las afecciones cardiovasculares ocasionadas por la cocaína o la cafeína. Pueden causar psicosis, depresión y ansiedad. Si se consumen durante el embarazo, pueden causar abortos, partos prematuros o problemas de desarrollo del feto. Se calcula que 1 de cada 4 muertes evitables se produce en relación al tabaco, al alcohol y a las drogas ilegales.

Además causan problemas escolares (absentismo, bajo rendimiento), familiares (discusiones, peleas, maltrato, rupturas) y laborales (incumplimientos, accidentes, paro). No olvidemos que los problemas sociales asociados a la adicción (delincuencia, precariedad, violencia) son solo la punta del iceberg. Y todo esto sin tener en cuenta la economía: las drogas mueven cada año 50 dólares por cada habitante del mundo. Realmente, la adicción es un problema que hay que tomarse en serio y libre de prejuicios morales.

Vulnerabilidad a la adicción

Es importante resaltar aquí un hecho: no todo el mundo que consume drogas se engancha a ellas. Esto depende tanto de factores del individuo (su edad, su género, la existencia de otras enfermedades mentales y la genética) como del ambiente (disponibilidad, accesibilidad, las actitudes de la gente que nos rodea, las leyes..). Estos factores tienen un peso diferente para cada persona. Se sabe que los factores genéticos tienen una gran importancia y hay muchas investigaciones en marcha para descubrir cuáles son exactamente. Nuestra genética, en función de cómo se exprese en la estructura íntima de nuestro cerebro, determina que una droga nos afecte de una u otra manera (por ejemplo, que nos guste o no), que seamos más propensos a engancharnos o que respondamos mejor a un tratamiento. Por ejemplo, investigaciones llevadas a cabo en la Universidad de Pennsylvania por el equipo de David W. Oslin demostraron que determinados polimorfismos del gen OPRM, que codifica para un receptor de opioides, hacían a sus portadores mucho más receptivos a los tratamientos con naltrexona, un fármaco utilizado para tratar el alcoholismo

Mecanismos de acción de las principales drogas

Cada tipo de droga interacciona con uno varios sistemas de neurotransmisores, receptores y transportadores. Estos sistemas están implicados en múltiples funciones nerviosas, que se ven alteradas por el efecto de las drogas. Lo curioso es que algunos de estos sistemas han sido nombrados en función de la sustancia que interacciona con ellos, ya que así fueron descubiertos. Por ejemplo, el cannabis interacciona con el sistema endocannabinoide. Los endocannabinoides internos son la anandamida y el 2-araquidonil-glicerol, pero la estructura del THC que contiene la marihuana es similar y actúa sobre el sistema endocannabinoide, implicado en el control de las emociones, del sistema motor y de la memoria, además de en la modulación del dolor y de las funciones digestivas. Los opiáceos (heroína, morfina, opio) actúan sobre los receptores opioides, implicados en la modulación de la dopamina: su consumo provoca una liberación desmesurada de este neurotransmisor, creando una sensación muy intensa de bienestar pero enredándose al mismo tiempo en los mecanismos de control del dolor y de modulación del estrés. La cocaína, cambio, interfiere directamente con dicho sistema dopaminérgico, inhibiendo la captación del neurotransmisor. El alcohol interfiere con el funcionamiento los sistemas gabaérgicos y glutaminérgicos, implicados en la memoria, la toma de decisiones y el control de los impulsos. El éxtasis favorece la secreción e inhibe la recaptación de la serotonina en la hendidura sináptica, lo que causa alteraciones del apetito, la percepción, el humor y el sueño. La lista es larga, tan larga que no se conoce completa, pero la esencia es la misma para todas las sustancias: interactúan con nuestros delicados sistemas de neurotransmisores y modifican sus funciones, modificando por tanto nuestro comportamiento.

Otras adicciones

En este artículo nos hemos limitado a hablar sobre las adicciones a las lamadas drogas de abuso, pero somos vulnerables a muchas otras adicciones. Cualquier comportamiento que incida sobre el sistema de placer-recompensa es potencialmente adictivo: comida, juego, sexo, amor, trabajo, compras, ejercicio físico, televisión… incluso la religión. Las consecuencias pueden ser menos, igual o más desastrosas que en la adicción a sustancias, aunque los mecanismos neurobiológicos subyacentes no se vean exacerbados por la presencia de sustancias exógenas. Es irónico: uno de los mecanismos básicos de nuestra supervivencia puede ser la entrada a nuestra perdición.

Para saber más

José Antonio Marina

Las arquitecturas del deseo

Plan Nacional Sobre Drogas

www.pnsd.msc.es

National Instituteon Drug Abuse- NIDA (EEUU)

www.nida.nih.gov

En Google:

Rafael Maldonado + UPF

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Una respuesta a “El cerebro adicto

  1. Buenas, soy adicto,comenzé mi recuperación hace más de 6 años y a día de hoy compagino el seguir asistiendo a terepias, con ayudar a gente que quiere recuperarse. Me pude recuperar porque, en su momento, el DR Rubio Isabel me explico que lo que pasaba a mi cerebro era esto que ustedes comentan ahí. Gracias por esta labor de divulgación, tan necesaria en esta enfermedad tan desconocida en nuestro país y que le cuesta la vida a tanta gente.Victor.

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